Aun me tiembla todo el cuerpo, no
del miedo, sino del placer que me has causado durante estas últimas horas que
hemos estado juntos. Aun oigo el látigo contra mi cuerpo, tu mano contra mi
cara, tu cuerpo contra el mío. Aun siento el calor en las nalgas, las mejillas
sonrosadas (y no por pudor), mi cuerpo excitado, caliente, tenso, a pesar de
haberme corrido para ti en más de una ocasión. Me das tiempo para descansar,
para que yo me relaje, para que mi cuerpo se relaje, descanse y se prepare para
más, mientras tú estás sentado en el sillón, con tu ipad, escribiendo, leyendo,
chateando, no lo sé, pero sé que mirando de reojo hacia donde estoy yo, para
poder controlar cada gesto que pueda hacer.
Mientras yo solo cierro los ojos,
y recuerdo todo lo que ha pasado, no con la intención de excitarme, sino porque
me ha encantado, y no consigo que se me vaya de la cabeza.
Cuando llegaste yo estaba como me
habías ordenado. Esperaba en la entrada de la habitación, de rodillas, con las
manos a la espalda y los ojos cerrados. Mi cuerpo ya había sido preparado para
ti, no solo bien limpito y sequito, sino también me había preparado el ano para
que pudieses usarlo a tu antojo sin necesidad de perder el tiempo preparándolo
en el momento, ya que me avisaste que no lo perderías, y que si no lo preparaba
no tendrías compasión.
Esperaba ansiosa, nerviosa, tenía
muchas ganas de verte, pero sabía que hoy sería duro, que no me lo pondrías
fácil. No dejaba de pensar en qué pasaría, si aguantaría o no, si me azotarías
o no, cuando llegarías, solo recordaba esa llamada, de: 'ponte en tu posición,
y espera'. En ese momento, dejé de prepararme el culo para ponerme de rodillas
y esperarte. No sé cuánto tiempo pasaría porque no tenía ningún reloj cerca y
no me atrevía a moverme ya que mi orden era estar ahí y esperar, hasta que por
fin oí las llaves en la puerta. En ese mismo instante mi cuerpo se tensó,
empecé a sentir calor, cerré los ojos con fuerza, porque sabía que si te notaba
cerca sería un gran esfuerzo no abrirlos, y así fue. Oí como te movías por la
casa, supongo que dejando las cosas que habías traído, o cambiándote, no sé,
pero tardaste en venir a la habitación.
Cuando te sentí al lado, noté
como me empezaba a excitar, no sé si por tu presencia, por la situación, o por
todo a la vez. Pasaste tus manos con delicadeza sobre mi cabeza, tocando mis
ojos, asegurándote de que estaban cerrados para después poner una venda sobre
ellos. A continuación fuiste bajando la mano por mi espalda, una caricia que
hacía que me estremeciese de placer, hasta que llegaste a mis manos, pusiste
las muñequeras, y las juntaste para que yo las agarrase y no las moviese de ahí.
Después te acercaste a mis tobillos y también les pusiste las tobilleras y en
ese instante desapareciste.
Necesitaba oírte, sentirte,
tocarte, verte, pero no podía hacer nada, sabía que no podía hablar si no era
algo sumamente importante y urgente, o si no tenía tu permiso, no podía moverme
a pesar de que mis piernas se fuesen resintiendo de llevar un tiempo así, casi
tenía ganas hasta de gemir, pero aguantaba ahí, en esa postura, sabía que tú
estabas haciendo tus cosas, no quería molestar, de hecho la intención era que
ni me notases por ahí cerca.
Al de un rato llegaste de nuevo a
la habitación y me pusiste el collar. No sabes qué placer me da cuando me lo
pones, cuando lo aprietas sobre mi cuello como diciendo: 'eres mía, que no se
te olvide'. Después pusiste la correa al collar y tiraste hacia arriba para que
me levantase. En cuanto lo hice no tardaste en coger mis manos y ponerlas a lo
alto apoyándolas sobre la pared. Después separaste mi cuerpo de la pared, y
empezaste a dar pataditas sobre mis piernas para que las separase.
Me sentía completamente expuesta,
tenía la espalda curva para que tuvieses
el culo más accesible, notaba como me iba excitando a cada segundo que pasaba,
y aún casi ni me habías rozado. Hasta que de repente note tu cuerpo contra mí,
noté tus pantalones rozando mis nalgas, tu torso desnudo apoyado sobre mi
espalda mientras tu mano bajaba hacia mi coño, supongo que a comprobar lo
mojada que estaba, lo cual me resultaba un poco humillante ya que apenas me
habías tocado. Metiste un dedo en el coño, lo pasaste por el clítoris y
enseguida lo sacaste y lo llevaste a mi boca. Comencé a lamerlo, a sentir mi
excitación y a excitarme más, a intentar hacerlo bien para ver si así conseguía
que volvieses a meterlo en el coño, pero no fue así. Una vez que terminé de
lamer el dedo, lo sacaste y acto seguido metiste una bola de una mordaza sobre
mi boca, apretándola con fuerza, asegurándote de que por mucho que lo intentase
no pudiese sacar la bola ni un mm.
Entonces te pusiste a un lado,
agarraste mi pelo con fuerza echando mi cabeza hacia atrás y comenzaste a
azotar mi culo. Lo hacías con el látigo, notaba como el látigo golpeaba mis
nalgas pero las puntas del látigo se quedaban en los muslos. Al principio
comenzaste suave, pero poco a poco fuiste cogiendo ritmo y fuerza y cada vez
iba notando como mis nalgas se iban calentando, como la baba comenzaba a
resbalar sobre mi pecho por los gemidos que intentaba soltar pero que se
quedaban atrapados con la mordaza, y como sin querer intentaba moverme, pero tú
me volvías a dar un tirón en el pelo para que no me molestase en intentarlo
siquiera.
Te separaste, pensé que mi culo
podría descansar pero todo lo contrario, solo me dijiste: 'ni se te ocurra
moverte zorra', y comenzaste a azotar las nalgas esta vez más despacio pero con
mucha más fuerza, haciéndome gritar en cada azote, haciendo que mi cuerpo se
estremeciese, pero manteniendo la postura y preparándome para recibir el
siguiente. Y ya cuando no podía más, cuando las lágrimas iban a empezar a
asomarse, paraste, apoyaste el látigo sobre mi hombro y pusiste tus manos sobre
mis nalgas. No sé si tu intención era relajarlas, aliviarlas, pero el resultado
era completamente diferente, me ardían, me dolía cada roce con tu mano y me
imagino que lo sabías porque cuando gemía las apretabas o acariciabas con más
fuerza aún.
Entonces cogiste de nuevo el
látigo y empezaste a azotar la espalda, de nuevo lo hacías despacio hasta que
ya ibas cogiendo ritmo y me dabas azotes muy fuertes que me costaba aguantar.
Una vez que te pareció suficiente me diste la vuelta y empezaste a azotar mis
pechos. Mis manos seguían a lo alto, por lo que los pechos estaban totalmente
accesibles para ser azotados, para dejarlos bien rojos que me imagino es como
me los dejaste. Cuando paraste, te
acercaste a mí y mientras tenías tu boca cerca de la mía, sentía tu aliento
cerca, tus labios rozaban los míos, pero no podía hacer nada, no podía besarte
ni pedirte un beso, sólo aguantar sin hacerlo y aguantar la humillación que me
provocaba tenerte tan cerca y que la baba se fuese deslizando por mi cuerpo.
Cuando estaba así, tus manos estaban sobre mis pezones, lo mismo acariciándolos
que pellizcándolos o retorciéndolos. Cogías los pechos con tus manos y los
apretabas a conciencia, haciéndome cada vez mas difícil mantener la postura,
aguantar los gemidos y las lágrimas.
Después te apartaste, notaba todo
mi cuerpo dolorido, tenía ganas de acariciarlo con las manos, relajarlo,
aliviar ese picor, pero sabía que no podía hacerlo, que no podía moverme si no
tenía tu permiso. Al de unos minutos, me agarraste del pelo y me llevaste hacia
la cama. Allí me pusiste a 4 patas, y cogiste mis manos y las ataste a la
espalda. Después empezaste a separar mis piernas y ataste algo a las
tobilleras. Notaba el aire rozando mi coño completamente abierto, excitado,
mojado. Con tu mano comenzaste a acariciarlo, por fuera, con la palma de la
mano, dando pequeños golpecitos, hasta que te apartaste y recibí el primer
latigazo en el coño. No fue suave, como habías hecho anteriormente, no
comenzaste suave, diste uno fuerte y volviste a acercar la mano para
acariciarlo, y de nuevo recibí otro latigazo. Me dolió y por inercia intenté
incorporarme, intenté cerrar las piernas, moverme, pero nada fue posible. En
ese momento me di cuenta de qué habías puesto en mis tobilleras, me imagino que
una especie de barra, que me impedía cerrarlas. De hecho cuando intenté hacerlo,
noté como se te escapaba una sonrisa. Y sin que me diese tiempo a olvidarme del
latigazo anterior, empecé a recibir más latigazos sobre el coño, esta vez más
suaves pero mucho más seguidos. Me movía, gemía, notaba como iba mojando las sábanas
con las babas, quería descansar un momento pero el único descanso que tenía era
tu mano sobre mi coño durante unos segundos para después seguir recibiendo los
latigazos.
Como si supieses cuando no iba a
aguantar más, paraste de azotarlo y te centraste un rato en acariciarlo con
fuerza, haciéndome sentir bien el calor que habían dejado los azotes, dejabas
caer algún dedo sobre mi clítoris, excitándome, haciéndome suplicar en silencio
que me follases con fuerza, que te follases a tu perra.
Entonces, aún con las piernas
bien separadas, me ayudaste a incorporarme, quedándome de rodillas sobre la
cama. Comenzaste a observarme, a acariciar los pechos, la tripa, parecía que
repasabas las marcas que me habías dejado anteriormente, y entonces supongo que
tocaste alguna zona mojada por las babas, porque comenzaste a darme alguna
bofetada por haberte mojado, y por inercia, apartaba la cara, lo cual hacia que
recibiese otra por retirar la cara. Recibí alguna que otra bofetada más hasta
que conseguí aguantar 2 en cada lado sin mover ni un mm la cara. Sabes que eso me humilla muchísimo, sabes que
me duele mucho, pero también sabes que parte de esa humillación que siento con
las bofetadas es porque termina excitándome muchísimo más.
Después noté como me ibas
rodeando con cuerda los pechos, me hacías un bondage bien prietito, notaba como
la cuerda me iba apretando, como iba levantando mis pechos y apretándolos al
mismo tiempo. Cuando terminaste, acariciaste los pechos, comprobando que se habían
quedado prietecitos, y me echaste de nuevo hacia la cama. Entonces noté como
empezaste a jugar con mi culo, acariciabas el ano, echabas lubricante, metías
un dedo, lo sacabas, después lo hacías con dos, o eso me iba pareciendo, hasta
que de repente noté algo frío y más grande. Me puse un poco tensa, no sabía lo
que era, y enseguida recibí un fuerte azote en la nalga para que me relajase y
te dejase trabajar tranquilo. Noté como el ano se abría al máximo, como metías
algo grande en él, el dolor iba en aumento según ibas apretando, hasta que por
fin el dolor cesó, y lo que fuese que me metieses, entró. Empezaste a moverlo,
para que lo notase, y notaba como tirabas de él, pero aún sin saber qué era.
Entonces noté que eso lo unías al
bondage que me habías hecho en el pecho, en la parte de la espalda. Lo sabía
porque tiraste de él, y lo dejaste tirante, que cada vez que intentaba relajar
el cuerpo, me tiraba tanto de los pechos como del ano, por lo que intenté
mantener esa postura en tensión para que al menos el ano pudiese descansar.
Te apartaste, supongo que a
disfrutar de tu obra, y entonces casi sin darme tiempo a reaccionar, te
acercaste a mí, y metiste tu polla en mi coño de golpe. Me hizo gemir como
nunca, noté como me penetrabas hasta el fondo, al moverme noté como el ano
comenzaba a tirarme, y entonces empezaste a follarme con fuerza. Me agarrabas
de la parte de atrás del bondage y me follabas con fuerza, sin hacer caso a mis
gemidos de dolor y de placer por supuesto. Sentía algo extraño mientras me
follabas, ya que al tener eso metido en el culo, me parecía que me follabas los
dos agujeros a la vez. Comencé a excitarme como nunca, tú me agarrabas fuerte
del pelo recordándome que no podía correrme, que no tenía tu permiso, mientras
no dejabas de embestirme con fuerza una vez tras otra.
En esa postura notaba como tus
huevos golpeaban mi clítoris, gracias al bondage parecía como si tus manos
estuviesen estrujando mis pechos con fuerza, sentía que me follabas los dos
agujeros a la vez, era imposible aguantar sin correrme. Gemía, intentaba
gritar, hacerte saber que era incapaz de aguantar tanto placer, y como si me
leyeses la mente, me agarraste fuerte del pelo acercando tu boca a mi oído, y :
'tienes 1 minutos para correrte zorra'.
Seguiste follando, esta vez con
más fuerza si es posible, clavándola más, y no tardé un minuto en correrme, en
gemir todo lo que me permitía la mordaza, mientras seguía notando tus
embestidas unas tras otra, sin descanso, notaba como todo el cuerpo se me
tensaba, notando aún más esas pequeñas torturas que me habías puesto por el
cuerpo, hasta que me corrí, y de golpe todo el cuerpo se debilitó, todo lo
notaba mucho más sensible, pero a ti no te importaba, tu seguías follando y
tirando de mi sin compasión, hasta que metiste tu polla bien adentro de mi coño
y te corriste con fuerza también, noté como me llenabas, como disfrutabas
usándome y teniéndome así.
Por inercia dejé que mi cuerpo
descansase cuando te apartaste, pero ahí seguía el bondage atado al ano,
tirando de él. Te acercaste a mí, me quitaste la venda de los ojos y viste como
las lágrimas caían por los ojos, como a pesar de la mordaza me salía una sonrisa
de agradecimiento por permitirme disfrutar tanto a tu lado, y entonces me
desataste, me quitase la mordaza y me sacaste aquello del ano.
Dolió mientras tirabas de él para
sacarlo pero más cuando me enseñaste lo que era. Un gancho metálico con una
bola enorme en la punta, una bola que me había dado mucho placer, una bola que
a pesar de haberla sacado aún la sentía dentro.

Ufff helena, he disfrutado mucho leyendote, sabiendote tan bien usada y tan bien tratada.... no dejes de escribir y de compartir... un beso preciosa.
ResponderEliminarthai!! muchisimas gracias por tu comentario! y me alegro que te haya gustado
ResponderEliminarUn besazo guapisima!